A veces pienso que las mujeres están entrenadas para mentir. Que lo hacen con una naturalidad que los hombres nunca alcanzaremos a desarrollar. Los hombres somos más torpes, más vehementes, más evidentes. Nos olvidamos de borrar las huellas después de cometer el crimen. Las mujeres no. Ellas planean, mienten y sobreactúan sus argumentos de una manera casi profesi.
No sé si el vicio sea genético. Creo que es más bien cultural, pues hay toda una gama de prácticas, actividades y costumbres de las mujeres que, ya desde niñas, las llevan a ejercitarse ––como si fuese un juego–– en el peligroso arte del engaño, llegando a convertirse con el tiempo en insuperables escamoteadoras de la verdad.
Pienso en el maquillaje, por ejemplo. Desde los 10 años las niñas empiezan a jugar con el maquillaje de mamá. Y yo me pregunto: ¿no es acaso el maquillaje una manera de disfrazar la realidad, de alterarla, disimularla, imponer otra apariencia? Es más, el nombre de uno de estos artilugios epidérmicos se llama sombras, nombre que tiene una connotación ciertamente oscura: la sombra oculta, tapa, encubre, no deja ver.
Las adolescentes mienten, además, cuando en una fiesta las sacas a bailar y buscan un pretexto para decirte que no. En lugar de ser francas y reconocer que no les gustas (y corresponder así al gesto sincero y transparente de haberlas elegido como pareja momentánea), ellas apelan a las mentiras: “es que estoy cansada”, “es que estoy con enamorado”, o la peor: “es que estoy con mi amiga”. Ja. Claro, qué sacrificadas que son. Pero basta que las invite a bailar un tipo guapo y grandote y ellas acceden y les importa un bledo dejar a la amiga parada durante cuatro horas. Y lo más trágico es que lo hacen en tu cara, un segundo después de haberse negado a bailar contigo.
También en el sexo las mujeres tienen en la mentira un arma de largo alcance. Ellas pueden falsear un orgasmo y hacernos creer que somos unos papis machazos. Los hombres, en cambio, no podemos: la eyaculación es el rastro, la prueba inapelable del placer obtenido. (Eso explicaría por qué algunos hombres, después de terminar una relación sexual ––asaltados por la tormentosa duda de un posible orgasmo fingido–– hacen bochornosas preguntas como ¿llegaste?, ¿te gustó? o ¿qué tal estuve?).
además yo ya me quité de ese grupete x los insultos del patita ese " Turbopotamo " xq ese pata parece q le gustara el reggaeton x lo superficial q es... se cree la ultima chupada del mango. Además yo no me voy a rebajar a contestarle... weno bye!