Veo palidecer su rostro cuando me acerco. Ella intuye el amor que le profeso. Los deseos carnales que se asoman por mi lúdica mirada la hacen temblar. En cada receso, entre clase y clase, nos encontramos la mirada y yo quiero creer que hay amor de parte de ella, pero solamente veo en sus ojos un morbo espantoso. Quizás sienta miedo de mi naturaleza ambigua, naturaleza que creo —a mi pesar— no comparte conmigo.
Cuando noto su delgada figura, su cabello dorado que cae como cascada sobre sus hombros, sus rasgos que a otras personas les parecen comunes y corrientes, no puedo dejar de imaginarme que la tengo en mis brazos. Que mis labios se juntan con los suyos, como alguna vez sucedió en un día de paseo a un centro de diversiones, a manera de juego, donde yo representaba al novio y ella a la novia. Desde ese momento sentí un gran amor, que jamás corresponderá.
Encontrarme con sus ojos hace cimbrar mi corazón y mi cuerpo, mientras ella sólo siente repulsión por mí. Su tersa figura, cubierta con el uniforme escolar —de preferencia el de deportes— con sus estrechas y entalladas bermudas que le realzan sus bien formados glúteos y aquella playera muy ajustada que permite ver unos deliciosos senos, a pesar de su delgada complexión. Imagino mis manos y lengua sobre su cuerpo desnudo, haciendo circunvoluciones en sus bellos atributos. Mi pensamiento me lleva a estar a solas con ella, mientras se cambia para deportes (recuerdo haberla visto cambiarse el uniforme antes de clases, en muchas ocasiones, pero siempre hay mucha gente y tengo que verla a hurtadillas).
En esta fantasía me acerco a ella discretamente y le digo que yo la ayudaré a cambiarse. Ella acepta gustosa mi propuesta. Entonces mis manos inquietas desabotonan primero su blusa de diario, la que lanzo a una esquina del vestidor, siguiendo después un arrebato de euforia en el que quito su falda, y se descubre una preciosa chica en ropa interior. Ella entonces se muestra complaciente, y sus ojos se clavan sobre mí. Una mirada de éxtasis, a la que respondo con caricias en el rostro. Las palabras de pasión fluyen incesantemente de nuestras bocas, que se acercan poco a poco, hasta que se ayuntan los labios carmín en un ósculo que parece durar eternamente.
Es ella quien tiene ahora la iniciativa, ya que me quita delicadamente el uniforme escolar, mientras sus carnosos labios besan provocativamente mi cuello. Este último hecho enciende mi fuego interno, y mis brazos la estrechan para que después mis labios se posen sobre sus hombros desnudos y mis dedos jugueteen con los tirantes de su juvenil sostén a manera de caricias, mientras que ella hace un tanto con mi espalda. Entonces siento un impulso y lanzo lo más lejos posible su sostén. Mi mirada pervertida y exaltada se clava sobre los tiernos senos a los que no desprecia ni por un segundo, y mi cabeza se clava en ellos cual saeta, mientras mis brazos la sostienen y mis manos peinan su dorada cabellera. Mi boca se posa succionante sobre sus pezones cual pequeña criatura lactante, lengüeteando toda su circunferencia. Con esta acción su éxtasis se incrementa, al igual que el mío. Nuestros cuerpos candentes se conjugan y parece que se devoran mutuamente. Recorro su cuerpo a besos, de pies a cabeza.
Me detengo entre su cintura y caderas, ante el preciado templo de Venus, protegido por un delgado calzoncillo que cede ante el delicado movimiento de mis manos. Ella por supuesto, no pierde la oportunidad de retirar mis prendas íntimas. Acto seguido, mis dedos acarician su vello púbico excitando aún más su placer, ya que recorren los labios de su vulva y su clítoris eréctil. Mi dedo cordial se desplaza y hunde sobre su delgado himen, resguardo de su virgen y tentadora vagina. No soporto un segundo más y sumerjo mi cabeza, ahogando mi rostro entre sus torneadas piernas y mi lengua asemeja el pico de un colibrí en pos del néctar de una fragante flor. Entonces nos echamos al suelo y con frenesí saciamos la lujuriosa pasión en nuestros divinos sexos. Ambos cuerpos en retozar incesante, en constante vaivén, con un sinfín de acompañantes roces, produciendo sudor como gotas de lágrimas de ardiente júbilo y desenfreno.
Mi lengua de su miel ansiosa, y mis dedos poco a poco penetrando y rasgando su frágil membrana nunca horadada, su pasión en mi vertida, me llevan —en lapsos— a sucumbir, sintiendo que se agolpan los efluvios del placer antinatural.
Ella jadea y jadea, en sincronía con mi propio latir de corazón. Apenas musitamos palabras de locura y amor, que no hacen más que reanimar la candente llama de nuestros cuerpos por fin reunidos, que se incrementa a lo máximo. Es nuestro climático orgasmo que estalla, y mi boca ansiosa es recompensada por el flujo de las entrañas.
El ambiente se impregna entonces, de un aroma a despertar de chicas de secundaria, con los recién adquiridos cuerpos de la adolescencia. Siempre que a hurtadillas la veo cambiarse, en mi mente se agolpa esta fantasía, donde ella paga con cariño mi amor. En la realidad, por el contrario, rehuye de mi vista y me lanza una mirada de posible odio.
¿Qué si he intentado algo por conseguir su amor? ¡Por supuesto, pero sin éxito! Le escribo poesías plagadas de amor, con acróstico incluido. Su bello nombre que evoca mi pasión y que se repite constante en mi alma: ¡América! ¡América! También le ayudo con sus tareas cuando me lo pide con una sonrisa, aprovechándose de mi cálido amor. Porque ya que la he ayudado, me trata mal y hasta con desprecio. En los recreos, valiéndome de los amistosos momentos en que compartimos nuestro almuerzo le insinúo mi amor y mi sentir, a lo que ella se resiste, salvo cuando necesita que le realice algún favor, mostrándose de forma provocativa, guiñando el ojo, creando esperanzas que no existen y me hace sufrir después, al notar su lógico rechazo. He llorado mucho por ella. Las lágrimas ahogan mis suspiros.
Es tan difícil mantener a raya a la gente que considera repulsivo y muy detestable todo esto, ya que no podría concebir que una persona como yo, la ame con todo el corazón. Incluso hay quienes se dan cuenta haciendo mofa y un sinfín de habladurías a mi costa. Tengo temor que descubran que la amo, ya que repercutiría en mi ya desolada vida. Me dan muchos celos cuando la buscan muchachos de otras escuelas, porque yo jamás podría ser rival para ellos. Mi ambivalencia no lo permitiría. Cada vez se vuelve más esquiva y se aleja de mí. Han intentado separarnos, esto incrementa los ya graves problemas en mi triste hogar, ocasionándome desequilibrios y trastornos sentimentales. No puedo acallar lo que siento por extraño que sea, y me cuesta trabajo ocultar mi amor en silencio, ese amor antinatural y prohibido. Para colmo de males todo sucede en un colegio católico donde cualquier cosa la ven como pecado, con una fe que no comparto, pues no encuentro a nadie que responda a mis ruegos. Para mí, la mujer es lo máximo, perfecta y me inclino por ella, aunque debería hacerlo por el hombre, a quien detesto y considero bazofia.
En Grecia se intuía mi mal. En mi libreta de Historia escribo estas notas que integraré después a mi diario. A mi lado se encuentra ella, mi amada, a quien no dejo de ver con ojos de amor, que profesan una “pasión inadecuada”. Me interrumpe entonces la monja que me da clases de Historia, diciendo de forma imperativa: ¡Deja de escribir esas notas y atiende a la clase! Ya no distraigas a tu amiga América, luego le cuentas el chisme. ¡Que te quede bien entendido ELISA!
Fin
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